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sábado, 23 de agosto de 2014

El “problema” catalán

De verdad que no lo entiendo. No entiendo por qué ser y sentirse catalán es incompatible con ser y sentirse español. Ni entiendo cómo la independencia va a beneficiar a los catalanes, o cómo el federalismo resuelve nada. En fin, que no entiendo a los políticos que azuzan a unos y a otros para beneficiarse sólo ellos.

Cataluña es una comunidad autónoma estupenda. Su orografía, su clima, bien situada, fértil... Evidentemente, Cataluña no es un problema.
¿Y sus gentes? Trabajadores, emprendedores, trilingües (¿qué niño catalán no habla catalán, español e inglés?), amantes de las artes, del deporte y de la cultura. No, está claro que los catalanes tampoco son ningún problema.
Pues si no es Cataluña ni los catalanes, ¿el problema es España? No lo creo. Es un país moderno, democrático, europeo, donde todos los adultos tenemos derecho a votar y a manifestar nuestras opiniones dentro del marco de las leyes. Da igual que seas catalán, extremeño o asturiano.
Por otra parte, no parece que los catalanes sean muy distintos del resto de los españoles ni físicamente, ni culturalmente... es más, tenemos más o menos las mismas preocupaciones: la crisis, el paro, la corrupción, etc. Vale, ni los españoles ni España son el problema.
Entonces, ¿cuál es el famoso “problema” catalán? Sin duda, el nacionalismo.

http://caminandopormadrid.blogspot.com.es/2014/08/el-nacionalismo-visto-por-el-roto.html
El Roto
Da igual que Cataluña nunca haya existido como nación ni haya estado aislada de las diferentes entidades políticas, medievales, modernas y contemporáneas.
Da igual que no haya obstáculos a su lengua o a sus tradiciones.
Da igual que sus problemas sean los mismos que los del resto de España.
Da igual que tengan políticos tan corruptos y manipuladores como los del resto del país.
Su mantra es arrullador. Es el canto de sirena que conduce a los arrecifes. La culpa es de Madrid y su política centralista. Solos nos irá mucho mejor porque somos especiales, diferentes... nos merecemos mucho más.
El nacionalismo no es sentirse orgulloso de ser catalán, ni valorar sus costumbres, lengua o su rica historia (en gran medida compartida). El nacionalismo es como la maldición de una bruja que te llena de insatisfacción y de victimismo.
Dar pábulo a esta falacia ¿a quién beneficia?
A los catalanes desde luego que no. De conseguir la independencia, seguirán con los actuales problemas y seguramente más. Desde luego, aunque sea de manera temporal (siendo positivos), quedará fuera de la Unión Europea. Por lo que es factible que muchas empresas españolas que tienen su sede en Cataluña emigren a otras comunidades para seguir siendo españolas y comunitarias.
A los españoles tampoco nos beneficia. De momento, los políticos, como padres primerizos, han acostumbrado a ceder ante las rabietas de los catalanes. Y, de seguir así y llegar a la escisión, perdemos no sólo una parte de nuestro territorio, sino también de nuestra historia y cultura.
A Europa este asunto tampoco le viene nada bien. En la era del oikos planetario, cuando el bien común se hace imprescindible, cuando sabemos que ninguna persona vale más que otra y que ni ningún grupo es más valioso que otro, cuando comprobamos que los grandes problemas sociales, de recursos y ecológicos deben ser atajados conjuntamente plantándole cara a los intereses de las grandes corporaciones internacionales, parece lógico pensar necesitamos unidades políticas más fuertes y grandes. El primer paso es confluir hacia una Europa unida. Y las secesiones lo único que hacen es debilitar su posición.
Así pues, está claro que este “problema” sólo beneficia a los dirigentes nacionalistas que mientras dura el tira y afloja con la tensión consiguen mantenerse en el poder y los que aspiran a la independencia conseguirían como dirigentes del nuevo país honores y honorarios.

Es triste que muchos catalanes no se sientan españoles y que crean que estarán mejor por su cuenta. Pero es incomprensible que haya una poderosa corriente que aplaude la “Europa de los pueblos”, lo que se traduce en que se puedan disgregar los estados tradicionales en pequeños estaditos soberanos, tantos como las ambiciones locales de determinados agentes políticos vayan considerándolos pueblos. ¿Por qué Cataluña y no L'Empordá? ¿Quién puede desear esto a parte de algún loco enfervorizado?

viernes, 15 de agosto de 2014

Gaza y el valor de la vida humana

El ser humano puede llegar a ser terriblemente necio. Es capaz de atesorar razones como si fueran diamantes para justificar su degeneración. Pero ninguna idea vale una vida. Ningún fin. Ninguna fe. Ninguna nación.

Una vez más nos llegan desde Israel y Palestina noticias de muerte y devastación, de cómo está siendo desolada Gaza. Las imágenes nos muestran al pueblo palestino desangrándose, sin refugio, desgarrado de dolor. Mientras, los periodistas nos hablan de un ejército israelí en guerra contra “objetivos terroristas-extremistas”.
En aproximadamente un mes, el ejército de Israel ha matado (asesinado) a casi 2000 palestinos, la mayor parte civiles; y Hamas ha matado (asesinado) a 67 israelíes, 64 de ellos militares. Esto no es una guerra. Y menos aún una guerra justa, si es que puede haber justicia en una guerra.
Netanyahu invoca el derecho a defenderse de los ataques terroristas. Con un presupuesto militar enorme, con armas sofisticadas, como los drones o su famoso escudo anti-misiles, con un sentimiento de pueblo que no conoce fronteras (los judíos de todo el mundo sienten Israel como suyo) y con la aquiescencia de otros países hija de la mala conciencia o de los intereses económicos y políticos; Israel se siente todopoderosa. Su gobierno actúa sembrando el terror indiscriminadamente, al tiempo que justifica las masacres de inocentes. Niños, mujeres y ancianos son “escudos humanos”. Barrios residenciales, hospitales o escuelas de la ONU son nidos de terroristas. Tampoco duda en utilizar a sus propios ciudadanos (que no militares) para colonizar Palestina haciéndoles cómplices de su abyecta política expansiva.
Hamas y otros movimientos palestinos proclaman su derecho a luchar contra el invasor. Sin embargo, con sus acciones ¿qué consiguen? Lanzan misiles “de represalia” contra Israel (que por suerte son interceptados en su mayor parte); así, en general, porque no es contra objetivos militares concretos. Y con eso desencadenan una oleada aún mayor de ataques contra la población palestina. Es incomprensible, es como pisarle un pie al matón del barrio. ¿Cómo creen que va a reaccionar? Además, en su demencial visión incitan y aplauden a los “mártires” de la causa nacional. Se aprovechan de la desesperación, la necesidad y el dolor de los palestinos para empujarlos contra Israel. Cada niño que mata Israel es una justificación para la aciaga existencia de Hamas.
Tanto el Estado de Israel como Hamas son unos totalitarios, asesinos, terroristas que sacrifican a sus pueblos en aras de sus respectivas naciones. No importa que uno sea poderoso y el otro débil (si Hamas pudiera, su daño sería muchísimo mayor), ambos comparten su ignominia y el escaso valor que dan a la vida humana.


Desde la creación del estado de Israel hace ya 66 años, esta zona de Oriente Próximo no ha conseguido convivir en paz. ¿Cómo puede un hermoso sueño, una tierra donde los judíos no fueran perseguidos, convertirse en una pesadilla? ¿Cómo se transforma un pueblo de víctima en verdugo? ¿Cómo unos fanáticos asesinos pueden hacerse no sólo con la voluntad de un pueblo (comprensible por la nefasta situación a la que se ven sometidos) sino con las simpatías de movimientos por todo el mundo que son capaces de condenar la violencia de Israel y defender la de Hamas?
Y lo que es más importante, ¿cómo se soluciona esto? ¿cómo acabar con esta sinrazón? ¿cómo conseguir la convivencia pacífica con tantas heridas abiertas?
El bien común sólo se consigue sobre una base sólida: el valor de las personas. No está el conjunto por encima de sus miembros, sino a su servicio, ya que lo que busca es el mayor bienestar para todos y cada uno de ellos. Por lo tanto, no hay lugar para mártires, víctimas del dogmatismo. Su sangre sólo riega la semilla del odio.
La violencia no se combate con violencia, como el fuego no se combate con fuego. La locura de Netanyahu y su gobierno y la de Hamas sólo pueden ser derribadas del poder por sus propios pueblos con el apoyo (moral y político) del mundo entero. Si Israel y Palestina quieren, pueden convertirse en Estados de derecho, modernos, abiertos y aconfesionales, donde los delitos se juzgan en los tribunales y donde todos tienen derecho a existir, a vivir con dignidad, independientemente de su religión o de la procedencia de sus ancestros.

En un mundo ideal, los asesinos de uno y otro lado acabarían en la cárcel y cada damnificado recibiría una compensación a sus padecimientos. Lamentablemente, lo más probable es que nada de esto vaya a suceder. Sin embargo, por muy dolorosas que sean las heridas, es necesario pensar en el futuro y apostar por uno mejor, sin violencia, donde todos puedan estar incluidos. Un futuro donde ninguna idea impida que dos niños sean amigos.

Cuando era pequeña, mi padre tenía una cinta de música sefardí. Recuerdo una versión del Hava Nagila que decía algo así: “quiero daros la esperanza de que al fin pueda el mundo ser feliz”.

jueves, 7 de agosto de 2014

LA CIUDAD (O EL PUEBLO) QUE QUEREMOS

El pasado fin de semana han sido las fiestas de la asociación Santa Ana de Requena de Campos. Como ya es tradición, hemos estado las amigas celebrando allí mi cumple. Un pueblo tan pequeño, aunque revitalizado en verano, ayuda a desconectar y a ver las cosas desde otra perspectiva. Después de tanto hablar de globalización en las anteriores entradas del blog, conviene hablar también de aspectos más cercanos.

Se acercan las elecciones municipales y ya se han puesto en marcha los engranajes de los partidos para diseñar sus programas electorales. Y, aunque nuestra casa actualmente es todo el planeta, está claro que hay que trasladar a lo local los principios de ecología y bien común. Queremos unas poblaciones habitables, limpias, que contribuyan al bienestar de sus habitantes y que aporten su granito a un mundo más sostenible y más humano.
Muchas veces, en nuestro día a día, actuamos de manera casi automática, resolviendo los problemas y tareas que se nos van planteando, planificando a corto plazo, pero sin hacer una verdadera reflexión de nuestras metas vitales como qué tipo de persona queremos ser, cómo queremos vivir y convivir y qué podemos hacer para lograrlo.
En la gestión de una localidad pasa lo mismo. Los ayuntamientos duran sólo cuatro años y tenemos la ridícula idea de que los que no han logrado la alcaldía tienen que sacarle permanentemente los colores a los que sí (por algo se llaman oposición) y de que, aunque luego puedan salir a tomar unas cañas, los plenos deben ser algo así como Sálvame. (Siempre hay honrosas excepciones, especialmente si hablamos de personas concretas más que de grupos políticos). Así que en ese contexto es difícil planificar qué tipo de ciudad o pueblo queremos llegar a ser digamos en diez años por ejemplo. Sin embargo, es fundamental hacerlo; mejor aún si es fijando un marco consensuado.
A propósito de esto, una pequeña cuña: la Fundación Equo organiza la VI Universidad Verde de Verano, la UNIVERDE, para abordar precisamente cómo queremos que sea nuestro modelo de ciudad, será a principios de septiembre en Málaga. Los que tengáis oportunidad ya lo sabéis y los demás podremos seguirlo por streaming.


Siguiendo con lo nuestro, queremos una localidad más ecológica. Es decir, una ciudad sostenible que armonice la actividad humana y el entorno, coherente con el ecosistema en el que se ubica. Para ello hay que abordar cuestiones básicas como el reciclaje, la eficiencia energética y disminuir la contaminación en todas sus formas: ambiental, acústica, lumínica, electromagnética, del agua...
El problema de la basura es colosal dada la cantidad de residuos que generamos, una media de 504,5 kg por persona en España en 2011. Sí, es cierto, cada vez reciclamos más, pero el objetivo debe ser basura cero. Es decir, conseguir reducir la producción de residuosreciclar y reutilizar, además de promover la fabricación de productos que estén diseñados para generar el menor impacto ambiental posible desde su origen. Algunas ciudades ya lo están implementando, algunas de tal envergadura como SanFrancisco (EEUU).
Imagen sacada de
El primer paso, sin duda, es facilitar la recogida selectiva y, por tanto, el correcto reciclaje de todos desechos. ¿Cómo nos deshacemos de un mueble viejo, de un ordenador roto, de una manta apolillada, de un fluorescente o de los cargadores de móviles obsoletos que pululan en los cajones? Habría que, además del punto limpio (no todo el mundo puede desplazarse), encontrar un sistema de recogida más eficaz y, por supuesto, conocido por todos. Por otra parte, ¿por qué no se van reemplazando paulatinamente por las papeleras de las calles por otras que permitan el reciclaje?
También desde los ayuntamientos habrá que fomentar la eficiencia energética, la bioconstrucción, el uso racional del agua, cuidar la limpieza y el mantenimiento no sólo de las calles, plazas o zonas verdes sino también de los entornos del municipio... y, desde luego, puede aplicar medidas que ayuden a reducir la contaminación como reducir el IBI a los edificios eficientes, la ITV a los coches menos contaminantes, favorecer la contrata de empresas concesionarias del servicio de autobuses o de recogida de basuras que cuenten, por ejemplo, con vehículos ecológicos que, además de contaminar menos, generan menos ruido, dar licencias más baratas a los taxis ecológicos, etc. hasta que se consiga que todo servicio público sea con vehículos no contaminantes.
Ciertamente también queremos una ciudad o un pueblo más sociales, es decir, más equilibrados. No pueden existir áreas marginales en una localidad, ni barrios descuidados o zonas peor comunicadas, ni servicios de primera o de segunda según dónde vivas. Una ciudad sostenible pasa por ser habitable, cohesionada, equitativa y segura para todos. Es importante recuperar el sentimiento de comunidad y el orgullo por nuestro barrio, pueblo o ciudad. Hace no mucho pude escuchar a un componente del estudio artístico Boamistura explicar su trabajo y lo resumía en embellecer los espacios para inspirar a sus habitantes, mejorar la autoestima de la comunidad y fortalecer los lazos entre los vecinos.
Para finalizar me gustaría apuntar algo que hoy parece imposible: conseguir una ciudad para las personas. Los vehículos motorizados han invadido las calles, son suyas. Las aceras pueden ser pequeñas y llenas de obstáculos (o terrazas), pero para ellos siempre hay espacio. Lo hemos aceptado sin más, paulatinamente les hemos cedido la ciudad. Han venido con su ruido y humo y nos han orillado.
Sería bonito imaginar una ciudad de la gente en la superficie y, quien quiera coche, que se desplace por calles subterráneas. Pero siendo más realistas, se podrían establecer unas calles vertebrales al uso de las actuales, otras secundarias semipeatonales, donde los vehículos no pudieran ir a más de 20 km/h y otras peatonales con tránsito sólo para acceder a las cocheras o a carga y descarga. Además, para evitar la ocupación de las vías públicas, se podrían beneficiar de un descuento sustancial en el impuesto de rodaje aquellos que asociasen el vehículo a una plaza de garaje. Todo esto, junto con un barato, ecológico y eficaz sistema de transporte urbano permitiría dejar las calles a peatones y ciclistas, y serviría para conseguir una ciudad mucho más limpia, agradable y humana.

Algunos pensarán que no quieren vivir en una ciudad así. Seguro que más de un político no se imagina yendo a trabajar andando o en trasporte público. Habrá personas que piensen que reciclar es regalar materia prima a otros. Otros que la música no es ruido o que un motor que ruge es más potente. Como todavía hay gente que piensa que gracias a que ellos tiran la basura al suelo todavía hay barrenderos. 
Lo inconcebible es que haya tantos que amparándose en esos pocos desgraciados den rienda suelta a su laxitud.

jueves, 31 de julio de 2014

La confluencia

Ya decía mi ilustre paisano, Jorge Manrique -casualmente vivo al lado del instituto que lleva su nombre-, que “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...” Y así en este trajín todos fluimos, o confluimos, hacia ese postrero destino. Pero hete aquí que en ese discurrir nos encontramos en un momento histórico (¿hay alguno que no lo sea?), en una época convulsa, de cambio, que precede a un futuro incierto (vale, sí, como todos los futuros).

El verano nos ha traído, como un canto de sirenas, la llamada a la confluencia de los denominados partidos de izquierdas. En aras del bien común, sus portavoces piden una izquierda fuerte, capaz de plantarle cara al PP... y al PSOE. Así Izquierda Unida confía en que su pretérito sueño de unidad por fin se materialice. Podemos se deja querer, pero sin anillo. Equo se arrima a los peces más grandes de este charquito a ver si le dejan aportar algo más que el color verde. Y algunos miembros de movimientos sociales como el 15M encauzan este frente común para ganar las alcaldías.

Aunque yo me pregunto, si es cierto que la ciudadanía demanda una izquierda unida (la confluencia bendita), ¿por qué no votaba a IU más que para darle una colleja al PSOE?, incondicionales aparte.

Lo cierto es que desde que Podemos irrumpió con fuerza en el panorama político en las europeas, su omnipresencia mediática, su lenguaje pegadizo y su misión de empoderar a la ciudadanía han insuflado nuevos aires a la política. Los partidos se han puesto las pilas renovando su imagen y su discurso (¿más tertuliano, quizás?). Los nuevos líderes son varones, jóvenes, bien parecidos y mejor formados (académicamente hablando): Pablo, Pedro y Alberto o Florent(Podemos, PSOE, IU y Equo, respectivamente) son lo que pega ahora. ¡Póngase las pilas, Mariano, que Borja (Sémper) encaja fenomenal en este patrón!

Sin embargo, ¿están en sintonía con los nuevos tiempos? Efectivamente, los ciudadanos estamos hartos, hastiados y muy quemados. Queremos políticos íntegros, que miren por el bien común y no sólo por el de sus sus parientes y amigos. Queremos buenos gestores. Personas honradas. Pero al ser humano, independientemente de sus siglas, el poder le da gustirrinín y cuando el ambiente es de jolgorio, quien más y quien menos, todos se sueltan. Y cuando la jarana se alarga, la ebriedad de poder deja un panorama deplorable. Denostar a los votantes del PP y del PSOE, incluso de IU, por lo que han hecho políticos de esos partidos con poder es vergonzoso, ¿puede alguien poner la mano en el fuego por todos aquellos a los que ha votado?

El objetivo de la política es organizar la vida de una comunidad. Sí, el primer requisito es tener unos buenos organizadores; pero, como decía en los artículos sobre la globalización, nuestra casa actualmente es todo el planeta. Las grandes alianzas políticas y sociales deben forjarse internacionalmente. Por mucho que cambiemos de dirigentes políticos en nuestras ciudades, regiones o países, son las grandes sinergias económicas y financieras las que marcan las reglas de juego. Han demostrado que son capaces de hundir un país, miremos el caso de Grecia.

Yo puedo ser un alcalde fantástico y junto con el resto de las formaciones políticas del ayuntamiento apostar por el empleo verde, la sostenibilidad y la equidad social, pero no puedo evitar que el pueblo de al lado permita el fracking, los cultivos transgénicos y que se coloque un gran centro comercial que haga la competencia a las tiendas de mi municipio. Y aunque me ponga de acuerdo con los municipios vecinos, incluso consigamos un acuerdo nacional; eso no impide que los magnates de la economía dejen al 25% de la población de mi ciudad en paro.

Por lo que no es sólo integrarse en un grupo común dentro de Europa, por ejemplo. Es realmente generar espacios políticos, sociales y sindicales globales. El objetivo no es la federación, sino la entidad supranacional, de la índole que sea. Una respuesta global a una realidad global.



Vivimos una esquizofrenia social donde hay unos señores que dicen hablar en nombre nuestro porque les hemos votado y otros que dicen saber lo que realmente queremos porque nos ven jurando en arameo. Entre tanto, la mayor parte de la gente que conozco realiza complejas cábalas para conjeturar cuál es el mal menor. Yo prefiero concretar los problemas para buscar soluciones.

jueves, 24 de julio de 2014

La globalización. Solución: globalización

Hace unos días, tomando un café con dos amigas, hablábamos de este blog y del panorama actual. Una de ellas, a la que vemos poco porque vive en Madrid (luego vive ajena a mis diatribas), nos pedía que no la dejásemos en la angustia del análisis de la situación. Hace años que desterró de su vida la tele y buscando la paz espiritual evita en la medida de lo posible las noticias políticas y económicas que le puedan llegar por otros medios. Así que, ante un retrato ciertamente poco halagüeño, nos reclamaba un atisbo de solución, de esperanza.



La globalización nunca ha gozado de muy buena fama. Ya a finales del siglo (y milenio) pasado, los movimientos antiglobalización se manifestaban en todos los foros políticos y económicos (Davos, FMI, G7...) que concentraban a los principales detentores del poder. Reclamaban humanidad frente al capital; solidaridad frente a usura, perdón, quiero decir beneficio; y límites a la voracidad de las grandes multinacionales. También aparecieron los movimientos ecologistas internacionales que nos llamaban la atención sobre cómo estábamos destrozando globalmente nuestra casa.

Sin embargo, como decía en la entrada el oikos planetario, la globalización es un hecho, un proceso imparable que pone de relieve a escala mundial la idiosincrasia del hombre: los egoísmos de algunos; la picaresca y la triquiñuela junto a la indolencia y laxitud de muchos; y la asombrosa capacidad de justificar lo injustificable llegando, incluso, al autoengaño.


Sampedro y Hessel
La actual crisis ha sido la guinda de esta tarta que nos han aplastado en la cara. Y las reacciones no se han hecho esperar. Desde los indignados de Hessel y Sampedro (una delicatessen histórica la lucidez de aquellos dos nonagenarios) cuya base es la movilización ciudadana; a movimientos nostálgicos, como en Francia o en Inglaterra los antieuropeístas que añoran el esplendor nacional, pero también otros movimientos nacionalistas como el catalán, el escocés o el padano que sueñan una tierra mítica, e incluso otras formaciones racistas, xenófobas, homófobas, sexistas... que se reconocen tan despreciables e inútiles que tienen miedo a todos los demás y penan por un contexto que nunca existió donde no parecer pusilánimes; pasando por movimientos regenerativos: de la izquierda (Movimiento 5 estrellas, Syriza, Podemos...) y de la democracia (algunos con recetas de más austeridad para contentar a los mercados, otros de mantener el estado de bienestar primando lo social y otros -o los mismos- oteando el cielo en busca de la república salvadora).

Es decir, un guirigay. Y la confusión es el caldo de cultivo de populismos, mesianismos y milenarismos como ya sucedió en la crisis del capitalismo industrial del 29, que afectó a todo el espectro social: proletariado, clases medias, ejecutivos, empresas... y que tuvo respuestas como el nazismo, el fascismo o una nueva expansión de los movimientos marxistas. Pero también hubo correcciones del capitalismo como el New Deal de Roosevelt (que consiguió, por ejemplo, el control bancario, la implantación del subsidio de desempleo, mejoras laborales, etc.) inspirado en las teorías intervencionistas de Keynes.



Pues bien, evidentemente yo no tengo la solución a los problemas actuales, porque tampoco tengo el remedio a las debilidades humanas. Sin embargo, sí que veo esperanza. Porque en realidad, como he intentado explicar a lo largo de estas últimas entradas del blog, no es la primera vez que la sociedad se enfrenta a un cambio global en nuestra forma de vida: económico, político, moral, ecológico...

Ya sabemos cuál es la pauta. La increíble capacidad creativa del hombre impulsa avances tecnológicos tales (internet, móviles, biotecnología, nanotecnología, nuevas fuentes de energía...) que transforman la organización humana. Esto trae consigo confusión: los viejos modelos sociales intentan adaptarse a la nueva situación, o mejor dicho, intentan adaptar la nueva situación a sus viejos modelos. El resultado es el mismo que intentar poner una piedrecita para detener un torrente. Además la nueva situación pone de relieve los defectos de la antigua y, como si hubieran abierto el telón en el descanso, vemos los tejemanejes del escenario y a los poderosos salvando lo propio y lo ajeno ante un público estupefacto. Y, ante semejantes desmanes, unos abuchean, otros suben al escenario a ver si queda algo, algunos tiran tomates y otros claman al cielo. Y así estamos entretenidos en nuestras pequeñas miserias locales y nacionales, buscando nuevos actores para una obra que ya no está en cartel.

La siguiente fase es constatar que en paralelo a los nuevos avances, aparecen las fuerzas encargadas de impulsarlos. En este caso, amparadas por los poderes tradicionales, engordaron como colonizadores económicos de estados débiles y poco regulados. Cuando estalla la crisis (provocada ésta por su inagotable necesidad de combustible financiero) y con ella el miedo y el desconcierto, se posicionan como la voz de autoridad con una pléyade de economistas que aseveran que la suya es la única vía plausible para ¿volver? a la normalidad.

Ahora bien, sabemos que eso no es cierto. La economía no es más que una forma organizativa de la actividad humana, luego no existe un modelo bueno, sino que cada momento y contexto puede tener distintas formas de abordarlo igualmente válidas.

No nos cansamos de escuchar que estamos en un momento histórico. Efectivamente. Pero ¿queremos subirnos al carro de los que se aferran al pasado como un sesentón vestido de adolescente? ¿queremos agradar a los mercados a ver si así la toman con otro y nos dan un respiro? ¿queremos enaltecer a los que nos dicen que recogen nuestras inquietudes pero no manifiestan con qué intenciones? ¿queremos contentar a todos para repartir la decepción entre muchos? ¿queremos hacer lo mismo de siempre confiando que esta vez cambie el resultado?

Yo creo que lo primero que debemos es entender que ha cambiado el tablero de juego. Hemos globalizado la partida y esto nos tiene que llevar a pensar globalmente. Los mercados, empresas y fondos financieros ya se manejan internacionalmente con mucha soltura. Les vamos a la zaga. Tenemos que buscar cómo organizarnos globalmente en todos los ámbitos, reflexionar sobre el modelo de sociedad global que queremos tener y ejercer ese poder social global que es mucho mayor que el de los mercados, que deben volver a ser un instrumento de aquella.



Le cuento a mi amiga que no hay manera de sustraerse de la realidad, así que lo mejor es conocerla lo mejor posible para que no nos tomen el pelo. Que las utopías son eso y que no quiero que me vendan motos. Que el futuro, como el presente y el pasado se basan en el afán del hombre de trasformar su entorno para vivir mejor, y que siempre ha existido la lucha para conseguir que mejoren las condiciones para todos y no para unos pocos a costa de otros muchos. Y curiosamente ahí está el equilibrio, en no olvidar que somos muchos.