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viernes, 30 de enero de 2015

Hacia un nuevo bipartidismo

Resulta curioso, cuando no tronchante, escuchar a tantos hablar del bipartidismo, ya sea de su encendida defensa o de su previsto declive, dando la espalda a lo evidente: la casa es la misma, aunque cambien los vecinos o se muden de piso.

El País, 18 de enero de 2015
Comienza Ramoneda su artículo del pasado domingo en El País diciendo que “los griegos han sido los primeros en romper con el modelo bipartidista cada día más excluyente que predomina en Europa”. Podemos y los Ganemos de toda España piden el fin del bipartidismo como requisito para poder “devolver” las instituciones a los ciudadanos. Pero, ¿cuál es el modelo que quieren romper?
El bipartidismo se basa, de manera muy simplificada, en que dos grandes fuerzas juegan casi en exclusiva a ser gobierno u oposición. Actualmente en España esos partidos son PP y PSOE, pero la aspiración de los anti-bipartidismo (por llamarlos de alguna manera) es ocupar el lugar del PSOE y ya de paso desplazar al PP a la oposición. En algún caso, incluso la de convertirse en el partido único; vamos, en plan dictadura (todo por el pueblo, por supuesto).
En Grecia está claro, Syriza ha ocupado el lugar del Pasok y ha dejado a Nueva Democracia en la oposición. Sí, es una coalición más a la izquierda de lo que estamos acostumbrados, vale; pero no se ha acabado con el bipartidismo, simplemente se han cambiado sus actores.
De hecho, en España ya hemos vivido esa situación. El lugar en el duo UCD-PSOE de los primeros lo ocupó el PP (entonces AP). Y, de momento, en estas seguimos.
Algo diferente sería la fragmentación del voto de tal manera que no hubiera sólo dos, sino múltiples actores con peso similar en el parlamento. ¿Es posible gobernar cuando hay que negociar y pactar no sólo la formación del gobierno sino casi hasta cada coma? Es muy probable que nuestro modelo político no fuera capaz de dar una respuesta eficaz. Aunque, claro, a lo mejor había que desarrollar otro modelo que de cabida de manera más efectiva a la pluralidad de opciones políticas, por ejemplo cambiando el papel de la oposición.
Por ejemplo, ¿es posible el tripartidismo? ¿puede tener sentido?
Quienes crean que es posible el tripartidismo: PP-PSOE-Podemos, creo que se equivocan. El partido que no quede ni como gobierno ni como oposición acabará en el gallinero de la política con el hándicap de haber perdido su posición preferente en el juego.
No obstante, el futuro puede traer el tripartidismo al sumar a las dos posiciones dominantes actuales -los que defienden la libre iniciativa y la libertad de mercado (liberalismo) y los que priorizan el bienestar social y el intervencionismo del estado (socialismo)- una tercera, que es la que defiende la responsabilidad y el compromiso con el planeta (ecologismo). O quizás se convierta en la alternativa social y ecológica que ocupe el lugar del desmotivado socialismo de hoy. Como las otras, surge como respuesta a una necesidad histórica. En estos momentos el cambio climático y otras consecuencias de los abusos medioambientales no dejan dudas, es necesaria esta tercera opción además con vocación global.
¿Sabremos reconocer esa necesidad en las próximas elecciones?

De ser así de lo que deberíamos ir hablando no es del fin del bipartidismo, sino del fin de la “oposición”. No serán dos púgiles en un rin, sino un grupo de trabajo donde alguien asume (durante una legislatura) la dirección del proyecto común. ¿Alguien se apunta?


viernes, 2 de enero de 2015

Buenos propósitos para el año nuevo

¡Feliz Año Nuevo a todos! Espero que lo hayáis pasado estupendamente y que estéis cargados de energía e ilusión para el 2015.

Muchos tendréis grandes propósitos para este año; otros, midiendo fuerzas, os habréis planteado cosas sencillas; alguno, descreído, habrá renunciado a lo que considera una misión imposible. Sin embargo, es bueno reflexionar sobre los aspectos que queremos mejorar en nuestra vida porque, aún sin lograrlo plenamente, nos sirve de guía y de motivación especialmente cuando nos sentimos tentados a dejarnos llevar por la corriente a la deriva.

De manera colectiva, como sociedad, también deberíamos hacer nuestra lista de buenos propósitos para el 2015. No deseos que nos pueda conceder un genio o resolver otro, sino proyectos que como sociedad podemos llevar a cabo.
Ser una sociedad más equilibrada, más reflexiva.
 
El Roto
Nos hemos acostumbrado a la inmediatez que nos proporciona nuestro modo de vida. Si quiero hablar con alguien siempre está localizable -yo soy joven, pero todavía recuerdo cuando en mi pueblo sólo había un teléfono y nos venían a buscar a casa si teníamos alguna llamada- y si no contesta nos irritamos (¡vaya con el doble check!). Nuestros deseos y apetencias condicionan nuestra vida ya que todo es accesible al momento. ¿Dónde quedó el refresco de la comida del domingo o el postre especial de los cumpleaños? ¿Dónde quedó la ilusión por ese regalo que esperabas desde hace meses en tu zapato? Hoy ya está pasado de moda.

Igualmente, somos rápidos para juzgar y para opinar y sin mesura, porque si nos equivocamos no pasa nada, en seguida queda olvidado. Y, como todo se mide según nuestras apetencias, dejamos que la pasión se desborde y que apenas deje un resquicio a la razón, alimentando los extremos, pues el equilibrio requiere tiempo y reflexión. Así, no es extraño que cuestionemos hechos “¡porque opinamos que no estamos de acuerdo!” o, por ejemplo, que hagamos arengas violentas contra los violentos.

Ser una sociedad más equitativa, más generosa.

El bien común debería ser nuestra estrella del norte. Cuando dejamos de mirarnos el ombligo, cuando pasamos de ver a los demás como rivales a verlos como compañeros, parte de la tensión en la que vivimos desaparece. Pocas personas disfrutan perjudicando al resto; sin embargo, todos en algún momento hemos hecho daño a alguien porque estábamos centrados sólo en nosotros y en nuestras razones.

Estamos acostumbrados a medir nuestro éxito, incluso nuestra felicidad, en comparación con el del vecino. Como si de una balanza se tratase, ponemos nuestros intereses enfrentados a los del resto. Sin embargo, las mayores cotas de satisfacción se alcanzan cuando son compartidas.

Ser una sociedad más ecologista, más respetuosa.

Hay muchas cosas que podemos hacer nosotros para mejorar el entorno en el que vivimos. Gestos sencillos para ahorrar energía, reciclar, compartir el coche, usar la bicicleta, cerrar los grifos...; pero también con nuestra cesta de la compra podemos transformar el mundo. Exijamos productos hechos respetando el entorno y, por supuesto a las personas. Compremos productos duraderos, reutilizables, o, simplemente empecemos a dar valor a lo que compramos. Si no acumulamos tanto, podemos pagar más por lo que verdaderamente necesitamos.

Y, por supuesto, seamos limpios y respetuosos, no sólo con la naturaleza; sino en nuestros pueblos y ciudades. Cuidemos y valoremos el lugar donde vivimos; porque sí, a lo mejor, es responsabilidad del ayuntamiento que las aceras estén bien, que haya papeleras o que el césped esté cuidado; pero... ¿eso nos da derecho a tirar la basura al suelo o a llevarnos las plantitas que ponen en las rotondas?

Ser una sociedad más positiva, más productiva.

Ya lo decía Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido (por cierto, os lo recomiendo), incluso ante las situaciones más extremas el hombre siempre tiene capacidad de elección.

Es cierto que las circunstancias son muy difíciles para mucha gente. Y, para colmo, mientras ves lo fáciles que son para unos pocos. Podemos regodearnos en la frustración; podemos lamentarnos, enfadarnos, indignarnos; podemos rebelarnos, instalarnos en la crítica; podemos hundirnos... pero también podemos sonreír, arremangarnos y trabajar para cambiar las cosas. No es cuestión de buscar culpables, sino de saber que nosotros somos los responsables de nuestro futuro.



Yo este año voy a hacer acto de constricción e intentar aplicarme el cuento. Porque ¡qué difícil es todo lo que he propuesto!

viernes, 24 de octubre de 2014

Fe y Ecología política

Hace apenas unos días, en un acto de presentación de Equo, dos personas se disculparon conmigo por haber tenido relación con el catolicismo en el pasado. En un caso, por haber bautizado al hijo (hoy ya un joven adulto) y, en el otro, por haber estudiado en un colegio de curas. Está claro, ser cristiano no está de moda en el sector “progre”. Debe de ser casi tan malo como ser monárquico o, incluso, empresario.

Vivimos en una sociedad tremendamente contradictoria –algo que no se puede circunscribir sólo a España–. Por un lado, hay un cierto hastío y relajación moral que se acomodaron en la época de bonanza. Por otro, un puritanismo avasallador.
Es curioso que los interminables casos de corrupción afloren justo cuando se acabó el “cash”. Quizás antes no sabíamos ponerles número, pero quién era ajeno al amiguismo, al despilfarro, a la enorme casa nueva, empresa o lo que fuere que de pronto había montado fulano “de la nada”. Quién no conocía al típico cenutrio que trabajaba en el ayuntamiento porque tenía un primo... Quién no sabía que el delegado sindical de su empresa en sus horas sindicales se iba de cañas o de compras. Quién no sabía que detrás de un “gran hombre” había un padrino (o varios) con una montaña de trapos sucios. Quién no se pasmaba de cómo los gobiernos desmantelaban y regalaban a sus compinches uno tras otro las empresas públicas. Quién no sabía que las fundaciones (o cajas o empresas públicas, etc.) eran un mamoneo de los –en teoría– encargados de velar por ellas. Y podríamos seguir así hasta el infinito. Pero no pasaba nada entonces y, aparte del lógico cabreo y el papeleo en los tribunales de justicia, apenas pasa nada ahora.
Al mismo tiempo que asumimos rebotados esa realidad de la que formamos parte, buscamos con obsesión de censor las faltas de coherencia o rigor de las personas que defienden sus ideales de un mundo diferente. Sin ir más lejos, en una entrevista que le hicieron a Juan López de Uralde en la radio a colación del citado acto de presentación de Equo, le sacaron como incoherencia ser omnívoro. No sé qué concepto tendría la periodista (y muchos otros) de lo que es el ecologismo, desde luego, no lee este blog.
Y con la religión pasa lo mismo. Se presupone y exige que toda persona creyente tiene que ser inmaculada. Debe ser abnegada, generosa, humilde... y todo un compendio de virtudes cuasi-divinas. ¡Benditos ateos! En cuán alta estima tienen a la religión, para exigir tanto a sus pobres pecadores.
La cultura occidental ha bebido muchos de sus valores del cristianismo. La fe, como otras áreas del ser humano, ha impregnado el arte, la filosofía, la cultura, el folclore, etc. Renegar de todo lo que representa es como renegar de nuestro pasado. Es como el hijo de agricultor que al irse a vivir a la ciudad, desprecia sus raíces. No hace falta que vuelva al pueblo; pero será más feliz si suma sus experiencias y los conocimientos que le aportan.
No cabe duda de que queremos un mundo laico, donde tengan cabida todas las creencias, como todas las manifestaciones culturales, artísticas, políticas... siempre que respeten el estado de derecho. Y, por suerte, la religión se va quedando en el ámbito privado de la sociedad civil, que es donde realmente es libre; aunque haya algunos dogmáticos (gran parte incapaces de bajarse de la atalaya del púlpito) que no entienden que la fe es amor y respeto, nunca un yugo o una imposición.
Así, ser ecologista y pensar en el bien común es una forma de ser cristiano, porque es una forma de amar y respetar a todos los seres humanos y la casa donde vivimos. Gracias a Dios, estos valores cristianos hoy son universales; por lo que no es necesario ser creyente para ser ecologista o para luchar por el bien común. ¡Qué liberador poder ser uno mismo!

Valga decir que, cuando me sorprendió que se disculparan por ese coyuntural pasado y me manifesté cristiana, ambos me dejaron claro que ellos eran tolerantes y que no me preocupara porque no me iban a mirar mal por mi fe.

jueves, 7 de agosto de 2014

LA CIUDAD (O EL PUEBLO) QUE QUEREMOS

El pasado fin de semana han sido las fiestas de la asociación Santa Ana de Requena de Campos. Como ya es tradición, hemos estado las amigas celebrando allí mi cumple. Un pueblo tan pequeño, aunque revitalizado en verano, ayuda a desconectar y a ver las cosas desde otra perspectiva. Después de tanto hablar de globalización en las anteriores entradas del blog, conviene hablar también de aspectos más cercanos.

Se acercan las elecciones municipales y ya se han puesto en marcha los engranajes de los partidos para diseñar sus programas electorales. Y, aunque nuestra casa actualmente es todo el planeta, está claro que hay que trasladar a lo local los principios de ecología y bien común. Queremos unas poblaciones habitables, limpias, que contribuyan al bienestar de sus habitantes y que aporten su granito a un mundo más sostenible y más humano.
Muchas veces, en nuestro día a día, actuamos de manera casi automática, resolviendo los problemas y tareas que se nos van planteando, planificando a corto plazo, pero sin hacer una verdadera reflexión de nuestras metas vitales como qué tipo de persona queremos ser, cómo queremos vivir y convivir y qué podemos hacer para lograrlo.
En la gestión de una localidad pasa lo mismo. Los ayuntamientos duran sólo cuatro años y tenemos la ridícula idea de que los que no han logrado la alcaldía tienen que sacarle permanentemente los colores a los que sí (por algo se llaman oposición) y de que, aunque luego puedan salir a tomar unas cañas, los plenos deben ser algo así como Sálvame. (Siempre hay honrosas excepciones, especialmente si hablamos de personas concretas más que de grupos políticos). Así que en ese contexto es difícil planificar qué tipo de ciudad o pueblo queremos llegar a ser digamos en diez años por ejemplo. Sin embargo, es fundamental hacerlo; mejor aún si es fijando un marco consensuado.
A propósito de esto, una pequeña cuña: la Fundación Equo organiza la VI Universidad Verde de Verano, la UNIVERDE, para abordar precisamente cómo queremos que sea nuestro modelo de ciudad, será a principios de septiembre en Málaga. Los que tengáis oportunidad ya lo sabéis y los demás podremos seguirlo por streaming.


Siguiendo con lo nuestro, queremos una localidad más ecológica. Es decir, una ciudad sostenible que armonice la actividad humana y el entorno, coherente con el ecosistema en el que se ubica. Para ello hay que abordar cuestiones básicas como el reciclaje, la eficiencia energética y disminuir la contaminación en todas sus formas: ambiental, acústica, lumínica, electromagnética, del agua...
El problema de la basura es colosal dada la cantidad de residuos que generamos, una media de 504,5 kg por persona en España en 2011. Sí, es cierto, cada vez reciclamos más, pero el objetivo debe ser basura cero. Es decir, conseguir reducir la producción de residuosreciclar y reutilizar, además de promover la fabricación de productos que estén diseñados para generar el menor impacto ambiental posible desde su origen. Algunas ciudades ya lo están implementando, algunas de tal envergadura como SanFrancisco (EEUU).
Imagen sacada de
El primer paso, sin duda, es facilitar la recogida selectiva y, por tanto, el correcto reciclaje de todos desechos. ¿Cómo nos deshacemos de un mueble viejo, de un ordenador roto, de una manta apolillada, de un fluorescente o de los cargadores de móviles obsoletos que pululan en los cajones? Habría que, además del punto limpio (no todo el mundo puede desplazarse), encontrar un sistema de recogida más eficaz y, por supuesto, conocido por todos. Por otra parte, ¿por qué no se van reemplazando paulatinamente por las papeleras de las calles por otras que permitan el reciclaje?
También desde los ayuntamientos habrá que fomentar la eficiencia energética, la bioconstrucción, el uso racional del agua, cuidar la limpieza y el mantenimiento no sólo de las calles, plazas o zonas verdes sino también de los entornos del municipio... y, desde luego, puede aplicar medidas que ayuden a reducir la contaminación como reducir el IBI a los edificios eficientes, la ITV a los coches menos contaminantes, favorecer la contrata de empresas concesionarias del servicio de autobuses o de recogida de basuras que cuenten, por ejemplo, con vehículos ecológicos que, además de contaminar menos, generan menos ruido, dar licencias más baratas a los taxis ecológicos, etc. hasta que se consiga que todo servicio público sea con vehículos no contaminantes.
Ciertamente también queremos una ciudad o un pueblo más sociales, es decir, más equilibrados. No pueden existir áreas marginales en una localidad, ni barrios descuidados o zonas peor comunicadas, ni servicios de primera o de segunda según dónde vivas. Una ciudad sostenible pasa por ser habitable, cohesionada, equitativa y segura para todos. Es importante recuperar el sentimiento de comunidad y el orgullo por nuestro barrio, pueblo o ciudad. Hace no mucho pude escuchar a un componente del estudio artístico Boamistura explicar su trabajo y lo resumía en embellecer los espacios para inspirar a sus habitantes, mejorar la autoestima de la comunidad y fortalecer los lazos entre los vecinos.
Para finalizar me gustaría apuntar algo que hoy parece imposible: conseguir una ciudad para las personas. Los vehículos motorizados han invadido las calles, son suyas. Las aceras pueden ser pequeñas y llenas de obstáculos (o terrazas), pero para ellos siempre hay espacio. Lo hemos aceptado sin más, paulatinamente les hemos cedido la ciudad. Han venido con su ruido y humo y nos han orillado.
Sería bonito imaginar una ciudad de la gente en la superficie y, quien quiera coche, que se desplace por calles subterráneas. Pero siendo más realistas, se podrían establecer unas calles vertebrales al uso de las actuales, otras secundarias semipeatonales, donde los vehículos no pudieran ir a más de 20 km/h y otras peatonales con tránsito sólo para acceder a las cocheras o a carga y descarga. Además, para evitar la ocupación de las vías públicas, se podrían beneficiar de un descuento sustancial en el impuesto de rodaje aquellos que asociasen el vehículo a una plaza de garaje. Todo esto, junto con un barato, ecológico y eficaz sistema de transporte urbano permitiría dejar las calles a peatones y ciclistas, y serviría para conseguir una ciudad mucho más limpia, agradable y humana.

Algunos pensarán que no quieren vivir en una ciudad así. Seguro que más de un político no se imagina yendo a trabajar andando o en trasporte público. Habrá personas que piensen que reciclar es regalar materia prima a otros. Otros que la música no es ruido o que un motor que ruge es más potente. Como todavía hay gente que piensa que gracias a que ellos tiran la basura al suelo todavía hay barrenderos. 
Lo inconcebible es que haya tantos que amparándose en esos pocos desgraciados den rienda suelta a su laxitud.

miércoles, 9 de julio de 2014

La globalización, el oikos planetario

Es curioso cómo el ser humano es capaz de obviar lo evidente. El tema de la crisis, sin ir más lejos, nos ha revolcado, como una ola traicionera, y nos ha dejado aturullados en la orilla escupiendo agua y preguntándonos qué ha pasado. Y ahora qué hacemos, ¿nos giramos hacia el inmenso mar e intentamos seguir nadando en la orilla? ¿o gateamos hasta la playa para poner a salvo la toalla y la mochila?.
Hoy el mar está picado, es una fuerza incontrolada y a penas nos atrevemos a meter los pies en la orilla para que no nos arrastre otra ola. Pero la playa está atestada de gente y nos sentamos en nuestra toalla y nos quejamos de que la arena está llena de mierda, de que los padres no controlan a los niños, de que la gente se pone a jugar a las palas cuando no hay espacio, de que hace calor y no podemos refrescarnos...
Es decir, miramos hacia el mar o miramos la playa como si de dos espacios independientes se tratasen.

La globalización es un hecho: hoy nuestra casa es todo el planeta. Y no es algo nuevo, es el perfeccionamiento de la tendencia del hombre a la expansión.
Desde siempre, el ser humano, en la medida de sus posibilidades, ha procurado establecer relaciones con sus congéneres; principalmente de intercambio: de productos, tecnologías, conocimiento, personas (por ejemplo como mano de obra o para reponer población)... no pocas veces con violencia.
Por otra parte, la acción del hombre siempre ha dejado huella en su entorno natural. La deforestación, la introducción de especies foráneas o un uso abusivo de los recursos son sólo algunos ejemplos con consecuencias nefastas para los ecosistemas; pero desde los tiempos de las sociedades agrícolas-ganaderas el hombre se ha empeñado a fondo en domesticar la naturaleza.
Lo que pasa es que actualmente esas posibilidades son inmensas. Nunca antes fue tan cierto eso de que el mundo es un pañuelo y que estamos todos interconectados (dice la teoría de los seis grados que dos personas están conectadas entre sí a través de una cadena de no más de cinco individuos). Y nuestros avances son tales que el impacto en el medio ambiente tiene dimensiones mundiales, incluso universales: ya hemos empezado a enguarringar el espacio.
Se dice que la globalización es un proceso comercial y financiero con consecuencias en el resto de los ámbitos de las sociedades humanas. Puede ser. Pero lo cierto es que la globalización afecta a todas las dimensiones humanas: economía, política, cultura, tecnologías, sanidad, ocio, etc. Para bien y para mal.
El Real Madrid y el Barça causan furor en sus viajes internacionales; internet y los móviles llegan hasta los lugares más remotos y se han instalado en nuestro día a día; podemos fácilmente acceder a productos de cualquier parte del mundo y la calidad de vida se ha incrementado en general. Pero también la voracidad de China está esquilmando África; la conflictividad en Irak hace que suba el precio del petróleo; la deslocalización empresarial hace que en los países desarrollados aumente el paro y en los otros que aumente la precariedad laboral; y la inmoral de los bancos y sociedades de inversión nos ha hundido en la crisis.

En definitiva, lo único que hemos hecho es cambiar la escala. Lo que no es poco, porque ahora somos muchos más los que tenemos que ponernos de acuerdo (es como una comunidad de vecinos, siempre está el típico vecino caradura que aplica la política de hechos consumados en su beneficio y es extremadamente quisquilloso con las necesidades del resto). Pero tenemos los problemas propios de toda sociedad humana: desigualdades, abusos, irresponsabilidad, dogmatismos, etc. con otro más añadido: la falta de una estructura con normas y órganos de poder.
De hecho, quizás ésta sea la más perversa de sus características. No sólo no existe una regulación sino que las grandes empresas internacionales, comerciales y financieras, han impulsado con entusiasmo este proceso globalizador viciándolo (es decir, apropiándoselo en su propio beneficio) con el consentimiento de los estados.
Véase, las grandes corporaciones económicas se han apoyado primero en sus propios estados para que las protejan y favorezcan como grandes creadoras de empleo y riqueza; y luego han buscado ventajas en las naciones con más carencias y menos reguladas. El resultado ha sido unos monstruos poderosos capaces de chantajear a los gobiernos (el valor de mercado de algunas corporaciones es mayor que el PIB de algunos países). Además, tampoco son reacias a pactar entre ellas para imponer sus reglas o a utilizar a sus estados como marionetas de ventrílocuo para conseguir pactos multinacionales, como el tratado transatlántico de comercio e inversiones (ttip).
En definitiva, los poderosos, hoy difuminados en forma de corporaciones y más aún de sociedades y fondos de inversión, buscan sólo sus beneficios económicos, sin tener por qué generar ningún beneficio a los ciudadanos, y qué mejor manera de hacerlo sin nadie que les controle. Estamos en el salvaje oeste, pero sólo ellos van armados.

En el océano de la globalización, los mercados financieros y las grandes multinacionales son los nuevos poseidones, con el poder devastador de un tsunami. Entonces, ¿qué podemos hacer? Lo veremos en el próximo artículo.

miércoles, 2 de julio de 2014

Economía y ecología

¡Qué diferente es desear que querer! Yo, por ejemplo, desearía estar más delgada y atlética; pero me pierden las salsas y apenas hago ejercicio. Querer implica voluntad, responsabilidad, poner los medios para conseguir el objeto de nuestro querer. Quise dejar de fumar y lo hice. Quise escribir este artículo y, pese a procrastinar lo justo, aquí está.
Deseamos un tipo de vida, un tipo de sociedad, un tipo de entorno, trabajo, ocio, bienestar... Pero, ¿lo queremos realmente?

Los griegos, que demostraron ser unos tipos muy listos, hablaban ya de la economía; es decir, del gobierno de la casa (oikos=casa + nomos=organización o ley). En la época helenística, la casa englobaba a la familia, siervos y esclavos que configuraban una unidad de producción y comercio. Luego el término se generalizó hacia las actividades de extracción, producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios en las sociedades. De hecho la gran obra de Adam Smith, padre de la economía moderna, fue La economía de las naciones.
El término ecología, mucho más moderno, nos habla también del oikos, del estudio de la casa del hombre, la naturaleza.
La conexión entre ambas disciplinas es evidente: ambas comparten la relación del hombre con la naturaleza como clave. En el caso de la economía, de la naturaleza el hombre extrae los recursos, base para su actividad al mismo tiempo que el propio entorno condiciona las necesidades de la población ahí situada (un factor que se diluye en la globalización actual). En la ecología se estudia la influencia del hombre en la transformación de la naturaleza, a la que somete para adaptarla a sus necesidades.
El problema, normalmente, es la falta de visión “panorámica” y de equilibrio.
El ser humano ha conseguido evolucionar desde la época prehistórica por su capacidad de adaptación y por su inteligencia aplicada a “domesticar” un entorno hostil y a crear herramientas que nos facilitan o mejoran la calidad de vida.
Sin embargo, en esta carrera hacia delante, parece que hemos perdido el rumbo. Hemos trasladado el centro: del hombre (hablamos del hombre no como ser individual aislado sino como el conjunto de miembros de una comunidad) al dinero.
El objetivo de la economía ya no es satisfacer las necesidades de las personas, sino generar riqueza. Así actualmente escuchamos con frecuencia que es necesario desregular los mercados, que no debería haber un salario mínimo, que los nuevos tiempos demandan más flexibidad laboral... es decir, que no importan los trabajadores, sino la cuenta de resultados. 


Lo mismo pasa en el campo ecológico. Ya no buscamos crear un entorno seguro y cómodo para la vida, sino que miramos los espacios naturales bajo el prisma del dinero. Aunque cada vez se habla más de sostenibilidad, se sigue favoreciendo el uso de combustibles fósiles, se patentan recursos naturales, se destruyen ecosistemas, se potencia la obsolescencia... todo para ganar más (hoy, porque mañana ¿habrá recursos?), no para que vivamos mejor. Es más, nuestra calidad de vida disminuye al vivir en entornos cada vez más degradados e insalubres.
Economía y ecología deben encontrarse de nuevo. Y sólo lo pueden hacer humanizándose. Es necesario volver a situar al hombre como centro y su bienestar como objetivo. De esa manera conseguiremos pensar y actuar globalmente, estableciendo una relación equilibrada con la naturaleza y desarrollando una verdadera ética del bien común.

Querer vivir mejor nos obliga a ser responsables de nuestras decisiones, de nuestros actos. No podemos sustentar nuestra calidad de vida sobre la miseria de otros ni podemos conservar nuestro entorno a costa del entorno del vecino. La ignorancia, la apatía o la comodidad no son justificaciones válidas para mantener un sistema ineficaz y autodestructivo.
Cada vez que encendía un cigarro sabía que era perjudicial para mi salud (y mi bolsillo) y la de los que estaban a mi alrededor, pero las consecuencias las veía lejanas y difusas; estar más cansada, tener menos capacidad pulmonar, estar pensando en salir a fumar en el trabajo, en el cine, en la casa de algunos amigos... era normal. Pensaba que no podría vivir sin fumar.
Pensamos que nuestra forma de vida es normal, que no podemos vivir de otra manera. Pero no es cierto. Nosotros podemos cambiar el mundo; pero hagámoslo ya, si no, esas “remotas” consecuencias nos pueden dejar sin futuro.