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viernes, 10 de abril de 2015

Los Tratados de libre comercio, servicios e inversiones entre EEUU y UE

El 18 de abril se celebra el Día de Acción Global contra los Tratados de Libre Comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea. Hasta en Palencia, una pequeña capital de provincias, la Plataforma local “No al TTIP” ha organizado una mesa informativa en la plaza Mayor.
¿Por qué esta movilización en contra de unos tratados que a priori van a crear empleo y fortalecer la economía de la zona en un momento de crisis como el actual? ¿Los que se oponen son los anti-europeístas y los grupos de izquierdas radicales?

“El TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership o Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión) tiene como objetivo eliminar las barreras comerciales entre los Estados Unidos y la Unión Europea (suprimir aranceles, normativa innecesaria, restricciones a la inversión, etc.) y simplificar la compraventa de bienes y servicios entre estos dos espacios. Eliminar esas barreras supondrá crecimiento económico, creación de empleos y una disminución de los precios”, según se explica en la página web de la Comisión Europea.
Esto implica que, de lograrse el acuerdo, los Estados de la UE –también las propias directivas de la UE– y EEUU deberán armonizar su legislación en diferentes materias: regulación laboral, propiedad intelectual, protección del medio ambiente, calidad de los alimentos, información al consumidor, etc. ¿En qué sentido: hacia una mayor desregularización como demandan las grandes multinacionales o hacia una regulación en beneficio de la población?
Dada la poca información que hay disponible sobre el Tratado, no sabemos cómo van a conseguir que esos beneficios sirvan al bien común. Baste recordar que el crecimiento económico lo valoran en un incremento del PIB (que habrá que verlo), lo cual nos habla de más riqueza, pero no de cómo se distribuye (¿serán los ricos más ricos, aumentarán las desigualdades o se incluirán medidas para fortalecer a los más débiles?); lo mismo pasa con el empleo, ¿de qué calidad será? ¿con qué condiciones laborales?; y con la bajada de los precios, ¿a costa de qué? ¿tan sólo por la eliminación de los aranceles?
Estos son aspectos fundamentales del Tratado sobre los que no se obtiene respuesta quizás porque, dada la tendencia política-económica a ambos lados del Atlántico, se confía en que la desregularización y la liberalizacion de los mercados traiga por sí misma un maná de virtudes.
Es claro que las grandes empresas multinacionales tienen gran peso en las negociaciones. Pero el Tratado no está cerrado, los ciudadanos europeos y estadounidenses podemos exigir a nuestros representantes un marco de negociación que favorezca al grueso de la población, que defienda el bien común a corto, medio y largo plazo, lo que ineludiblemente pasa por la defensa también del medio ambiente y de una economía sostenible.


Precisamente, frente a los grandes poderes económicos y especulativos-financieros, la respuesta es la unión política y social. Un Estado como el español no puede plantar cara al poder de las multinacionales porque pueden hundirlo; EEUU o UE por si solos pueden tomar medidas, pero serán parciales. Sin embargo, un acuerdo de la índole del que nos ocupa si está bien hecho puede suponer un hito que cambie el paradigma socio-económico actual controlando la bulimia de los mercados producto de las insensatas políticas laissez faire, laissez passer”. Aunque parece que no estamos en ese camino.
Algunas de las líneas rojas de este tratado deberían ser:
  1. La eliminación de los paraísos fiscales en toda la zona. Es algo sumamente sencillo, si se quiere hacerlo, ya que están basados en la confianza de los depositarios. Un paso necesario, pues, será legislar que no puede haber secreto bancario entre los Estados miembros.
  2. Establecer una similitud impositiva, lo que redundaría en un mayor equilibrio en el desarrollo económico; que se tribute donde se genere el beneficio, redundando así en el del lugar y no en el de un vecino aprovechado.
  3. Tasa Tobin u otro tipo de regulación de los mercados especulativos que no generan ningún beneficio ni son productivos pero que pueden destrozar economías.
  4. Exigencia de unas garantías de justicia laboral y de respeto medioambiental (en consonancia con las nuestras) a los productos fabricados o producidos fuera de la zona del tratado e introducidos por multinacionales europeas o norteamericanas.
  5. Y, por supuesto, la armonización de la legislación debe ser a favor de los ciudadanos, de los consumidores y de la pequeña y mediana empresa.
La defensa de los intereses generales no es una cuestión de colores. Como consumidora quiero saber lo que compro y que sea saludable. Como persona quiero saber que quienes lo han producido pueden vivir dignamente de su trabajo y realizarlo con seguridad. Como miembro de la especie humana quiero saber que se ha hecho respetando el ecosistema, sin abusar de los recursos y desde una perspectiva sostenible que permita la vida en el planeta y su diversidad para muchas más generaciones. Como ciudadana quiero que los políticos me representen y defiendan los intereses de la sociedad y no los de un grupo. ¿Alguien opina distinto?

viernes, 24 de octubre de 2014

Fe y Ecología política

Hace apenas unos días, en un acto de presentación de Equo, dos personas se disculparon conmigo por haber tenido relación con el catolicismo en el pasado. En un caso, por haber bautizado al hijo (hoy ya un joven adulto) y, en el otro, por haber estudiado en un colegio de curas. Está claro, ser cristiano no está de moda en el sector “progre”. Debe de ser casi tan malo como ser monárquico o, incluso, empresario.

Vivimos en una sociedad tremendamente contradictoria –algo que no se puede circunscribir sólo a España–. Por un lado, hay un cierto hastío y relajación moral que se acomodaron en la época de bonanza. Por otro, un puritanismo avasallador.
Es curioso que los interminables casos de corrupción afloren justo cuando se acabó el “cash”. Quizás antes no sabíamos ponerles número, pero quién era ajeno al amiguismo, al despilfarro, a la enorme casa nueva, empresa o lo que fuere que de pronto había montado fulano “de la nada”. Quién no conocía al típico cenutrio que trabajaba en el ayuntamiento porque tenía un primo... Quién no sabía que el delegado sindical de su empresa en sus horas sindicales se iba de cañas o de compras. Quién no sabía que detrás de un “gran hombre” había un padrino (o varios) con una montaña de trapos sucios. Quién no se pasmaba de cómo los gobiernos desmantelaban y regalaban a sus compinches uno tras otro las empresas públicas. Quién no sabía que las fundaciones (o cajas o empresas públicas, etc.) eran un mamoneo de los –en teoría– encargados de velar por ellas. Y podríamos seguir así hasta el infinito. Pero no pasaba nada entonces y, aparte del lógico cabreo y el papeleo en los tribunales de justicia, apenas pasa nada ahora.
Al mismo tiempo que asumimos rebotados esa realidad de la que formamos parte, buscamos con obsesión de censor las faltas de coherencia o rigor de las personas que defienden sus ideales de un mundo diferente. Sin ir más lejos, en una entrevista que le hicieron a Juan López de Uralde en la radio a colación del citado acto de presentación de Equo, le sacaron como incoherencia ser omnívoro. No sé qué concepto tendría la periodista (y muchos otros) de lo que es el ecologismo, desde luego, no lee este blog.
Y con la religión pasa lo mismo. Se presupone y exige que toda persona creyente tiene que ser inmaculada. Debe ser abnegada, generosa, humilde... y todo un compendio de virtudes cuasi-divinas. ¡Benditos ateos! En cuán alta estima tienen a la religión, para exigir tanto a sus pobres pecadores.
La cultura occidental ha bebido muchos de sus valores del cristianismo. La fe, como otras áreas del ser humano, ha impregnado el arte, la filosofía, la cultura, el folclore, etc. Renegar de todo lo que representa es como renegar de nuestro pasado. Es como el hijo de agricultor que al irse a vivir a la ciudad, desprecia sus raíces. No hace falta que vuelva al pueblo; pero será más feliz si suma sus experiencias y los conocimientos que le aportan.
No cabe duda de que queremos un mundo laico, donde tengan cabida todas las creencias, como todas las manifestaciones culturales, artísticas, políticas... siempre que respeten el estado de derecho. Y, por suerte, la religión se va quedando en el ámbito privado de la sociedad civil, que es donde realmente es libre; aunque haya algunos dogmáticos (gran parte incapaces de bajarse de la atalaya del púlpito) que no entienden que la fe es amor y respeto, nunca un yugo o una imposición.
Así, ser ecologista y pensar en el bien común es una forma de ser cristiano, porque es una forma de amar y respetar a todos los seres humanos y la casa donde vivimos. Gracias a Dios, estos valores cristianos hoy son universales; por lo que no es necesario ser creyente para ser ecologista o para luchar por el bien común. ¡Qué liberador poder ser uno mismo!

Valga decir que, cuando me sorprendió que se disculparan por ese coyuntural pasado y me manifesté cristiana, ambos me dejaron claro que ellos eran tolerantes y que no me preocupara porque no me iban a mirar mal por mi fe.

sábado, 23 de agosto de 2014

El “problema” catalán

De verdad que no lo entiendo. No entiendo por qué ser y sentirse catalán es incompatible con ser y sentirse español. Ni entiendo cómo la independencia va a beneficiar a los catalanes, o cómo el federalismo resuelve nada. En fin, que no entiendo a los políticos que azuzan a unos y a otros para beneficiarse sólo ellos.

Cataluña es una comunidad autónoma estupenda. Su orografía, su clima, bien situada, fértil... Evidentemente, Cataluña no es un problema.
¿Y sus gentes? Trabajadores, emprendedores, trilingües (¿qué niño catalán no habla catalán, español e inglés?), amantes de las artes, del deporte y de la cultura. No, está claro que los catalanes tampoco son ningún problema.
Pues si no es Cataluña ni los catalanes, ¿el problema es España? No lo creo. Es un país moderno, democrático, europeo, donde todos los adultos tenemos derecho a votar y a manifestar nuestras opiniones dentro del marco de las leyes. Da igual que seas catalán, extremeño o asturiano.
Por otra parte, no parece que los catalanes sean muy distintos del resto de los españoles ni físicamente, ni culturalmente... es más, tenemos más o menos las mismas preocupaciones: la crisis, el paro, la corrupción, etc. Vale, ni los españoles ni España son el problema.
Entonces, ¿cuál es el famoso “problema” catalán? Sin duda, el nacionalismo.

http://caminandopormadrid.blogspot.com.es/2014/08/el-nacionalismo-visto-por-el-roto.html
El Roto
Da igual que Cataluña nunca haya existido como nación ni haya estado aislada de las diferentes entidades políticas, medievales, modernas y contemporáneas.
Da igual que no haya obstáculos a su lengua o a sus tradiciones.
Da igual que sus problemas sean los mismos que los del resto de España.
Da igual que tengan políticos tan corruptos y manipuladores como los del resto del país.
Su mantra es arrullador. Es el canto de sirena que conduce a los arrecifes. La culpa es de Madrid y su política centralista. Solos nos irá mucho mejor porque somos especiales, diferentes... nos merecemos mucho más.
El nacionalismo no es sentirse orgulloso de ser catalán, ni valorar sus costumbres, lengua o su rica historia (en gran medida compartida). El nacionalismo es como la maldición de una bruja que te llena de insatisfacción y de victimismo.
Dar pábulo a esta falacia ¿a quién beneficia?
A los catalanes desde luego que no. De conseguir la independencia, seguirán con los actuales problemas y seguramente más. Desde luego, aunque sea de manera temporal (siendo positivos), quedará fuera de la Unión Europea. Por lo que es factible que muchas empresas españolas que tienen su sede en Cataluña emigren a otras comunidades para seguir siendo españolas y comunitarias.
A los españoles tampoco nos beneficia. De momento, los políticos, como padres primerizos, han acostumbrado a ceder ante las rabietas de los catalanes. Y, de seguir así y llegar a la escisión, perdemos no sólo una parte de nuestro territorio, sino también de nuestra historia y cultura.
A Europa este asunto tampoco le viene nada bien. En la era del oikos planetario, cuando el bien común se hace imprescindible, cuando sabemos que ninguna persona vale más que otra y que ni ningún grupo es más valioso que otro, cuando comprobamos que los grandes problemas sociales, de recursos y ecológicos deben ser atajados conjuntamente plantándole cara a los intereses de las grandes corporaciones internacionales, parece lógico pensar necesitamos unidades políticas más fuertes y grandes. El primer paso es confluir hacia una Europa unida. Y las secesiones lo único que hacen es debilitar su posición.
Así pues, está claro que este “problema” sólo beneficia a los dirigentes nacionalistas que mientras dura el tira y afloja con la tensión consiguen mantenerse en el poder y los que aspiran a la independencia conseguirían como dirigentes del nuevo país honores y honorarios.

Es triste que muchos catalanes no se sientan españoles y que crean que estarán mejor por su cuenta. Pero es incomprensible que haya una poderosa corriente que aplaude la “Europa de los pueblos”, lo que se traduce en que se puedan disgregar los estados tradicionales en pequeños estaditos soberanos, tantos como las ambiciones locales de determinados agentes políticos vayan considerándolos pueblos. ¿Por qué Cataluña y no L'Empordá? ¿Quién puede desear esto a parte de algún loco enfervorizado?

jueves, 7 de agosto de 2014

LA CIUDAD (O EL PUEBLO) QUE QUEREMOS

El pasado fin de semana han sido las fiestas de la asociación Santa Ana de Requena de Campos. Como ya es tradición, hemos estado las amigas celebrando allí mi cumple. Un pueblo tan pequeño, aunque revitalizado en verano, ayuda a desconectar y a ver las cosas desde otra perspectiva. Después de tanto hablar de globalización en las anteriores entradas del blog, conviene hablar también de aspectos más cercanos.

Se acercan las elecciones municipales y ya se han puesto en marcha los engranajes de los partidos para diseñar sus programas electorales. Y, aunque nuestra casa actualmente es todo el planeta, está claro que hay que trasladar a lo local los principios de ecología y bien común. Queremos unas poblaciones habitables, limpias, que contribuyan al bienestar de sus habitantes y que aporten su granito a un mundo más sostenible y más humano.
Muchas veces, en nuestro día a día, actuamos de manera casi automática, resolviendo los problemas y tareas que se nos van planteando, planificando a corto plazo, pero sin hacer una verdadera reflexión de nuestras metas vitales como qué tipo de persona queremos ser, cómo queremos vivir y convivir y qué podemos hacer para lograrlo.
En la gestión de una localidad pasa lo mismo. Los ayuntamientos duran sólo cuatro años y tenemos la ridícula idea de que los que no han logrado la alcaldía tienen que sacarle permanentemente los colores a los que sí (por algo se llaman oposición) y de que, aunque luego puedan salir a tomar unas cañas, los plenos deben ser algo así como Sálvame. (Siempre hay honrosas excepciones, especialmente si hablamos de personas concretas más que de grupos políticos). Así que en ese contexto es difícil planificar qué tipo de ciudad o pueblo queremos llegar a ser digamos en diez años por ejemplo. Sin embargo, es fundamental hacerlo; mejor aún si es fijando un marco consensuado.
A propósito de esto, una pequeña cuña: la Fundación Equo organiza la VI Universidad Verde de Verano, la UNIVERDE, para abordar precisamente cómo queremos que sea nuestro modelo de ciudad, será a principios de septiembre en Málaga. Los que tengáis oportunidad ya lo sabéis y los demás podremos seguirlo por streaming.


Siguiendo con lo nuestro, queremos una localidad más ecológica. Es decir, una ciudad sostenible que armonice la actividad humana y el entorno, coherente con el ecosistema en el que se ubica. Para ello hay que abordar cuestiones básicas como el reciclaje, la eficiencia energética y disminuir la contaminación en todas sus formas: ambiental, acústica, lumínica, electromagnética, del agua...
El problema de la basura es colosal dada la cantidad de residuos que generamos, una media de 504,5 kg por persona en España en 2011. Sí, es cierto, cada vez reciclamos más, pero el objetivo debe ser basura cero. Es decir, conseguir reducir la producción de residuosreciclar y reutilizar, además de promover la fabricación de productos que estén diseñados para generar el menor impacto ambiental posible desde su origen. Algunas ciudades ya lo están implementando, algunas de tal envergadura como SanFrancisco (EEUU).
Imagen sacada de
El primer paso, sin duda, es facilitar la recogida selectiva y, por tanto, el correcto reciclaje de todos desechos. ¿Cómo nos deshacemos de un mueble viejo, de un ordenador roto, de una manta apolillada, de un fluorescente o de los cargadores de móviles obsoletos que pululan en los cajones? Habría que, además del punto limpio (no todo el mundo puede desplazarse), encontrar un sistema de recogida más eficaz y, por supuesto, conocido por todos. Por otra parte, ¿por qué no se van reemplazando paulatinamente por las papeleras de las calles por otras que permitan el reciclaje?
También desde los ayuntamientos habrá que fomentar la eficiencia energética, la bioconstrucción, el uso racional del agua, cuidar la limpieza y el mantenimiento no sólo de las calles, plazas o zonas verdes sino también de los entornos del municipio... y, desde luego, puede aplicar medidas que ayuden a reducir la contaminación como reducir el IBI a los edificios eficientes, la ITV a los coches menos contaminantes, favorecer la contrata de empresas concesionarias del servicio de autobuses o de recogida de basuras que cuenten, por ejemplo, con vehículos ecológicos que, además de contaminar menos, generan menos ruido, dar licencias más baratas a los taxis ecológicos, etc. hasta que se consiga que todo servicio público sea con vehículos no contaminantes.
Ciertamente también queremos una ciudad o un pueblo más sociales, es decir, más equilibrados. No pueden existir áreas marginales en una localidad, ni barrios descuidados o zonas peor comunicadas, ni servicios de primera o de segunda según dónde vivas. Una ciudad sostenible pasa por ser habitable, cohesionada, equitativa y segura para todos. Es importante recuperar el sentimiento de comunidad y el orgullo por nuestro barrio, pueblo o ciudad. Hace no mucho pude escuchar a un componente del estudio artístico Boamistura explicar su trabajo y lo resumía en embellecer los espacios para inspirar a sus habitantes, mejorar la autoestima de la comunidad y fortalecer los lazos entre los vecinos.
Para finalizar me gustaría apuntar algo que hoy parece imposible: conseguir una ciudad para las personas. Los vehículos motorizados han invadido las calles, son suyas. Las aceras pueden ser pequeñas y llenas de obstáculos (o terrazas), pero para ellos siempre hay espacio. Lo hemos aceptado sin más, paulatinamente les hemos cedido la ciudad. Han venido con su ruido y humo y nos han orillado.
Sería bonito imaginar una ciudad de la gente en la superficie y, quien quiera coche, que se desplace por calles subterráneas. Pero siendo más realistas, se podrían establecer unas calles vertebrales al uso de las actuales, otras secundarias semipeatonales, donde los vehículos no pudieran ir a más de 20 km/h y otras peatonales con tránsito sólo para acceder a las cocheras o a carga y descarga. Además, para evitar la ocupación de las vías públicas, se podrían beneficiar de un descuento sustancial en el impuesto de rodaje aquellos que asociasen el vehículo a una plaza de garaje. Todo esto, junto con un barato, ecológico y eficaz sistema de transporte urbano permitiría dejar las calles a peatones y ciclistas, y serviría para conseguir una ciudad mucho más limpia, agradable y humana.

Algunos pensarán que no quieren vivir en una ciudad así. Seguro que más de un político no se imagina yendo a trabajar andando o en trasporte público. Habrá personas que piensen que reciclar es regalar materia prima a otros. Otros que la música no es ruido o que un motor que ruge es más potente. Como todavía hay gente que piensa que gracias a que ellos tiran la basura al suelo todavía hay barrenderos. 
Lo inconcebible es que haya tantos que amparándose en esos pocos desgraciados den rienda suelta a su laxitud.

miércoles, 2 de julio de 2014

Economía y ecología

¡Qué diferente es desear que querer! Yo, por ejemplo, desearía estar más delgada y atlética; pero me pierden las salsas y apenas hago ejercicio. Querer implica voluntad, responsabilidad, poner los medios para conseguir el objeto de nuestro querer. Quise dejar de fumar y lo hice. Quise escribir este artículo y, pese a procrastinar lo justo, aquí está.
Deseamos un tipo de vida, un tipo de sociedad, un tipo de entorno, trabajo, ocio, bienestar... Pero, ¿lo queremos realmente?

Los griegos, que demostraron ser unos tipos muy listos, hablaban ya de la economía; es decir, del gobierno de la casa (oikos=casa + nomos=organización o ley). En la época helenística, la casa englobaba a la familia, siervos y esclavos que configuraban una unidad de producción y comercio. Luego el término se generalizó hacia las actividades de extracción, producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios en las sociedades. De hecho la gran obra de Adam Smith, padre de la economía moderna, fue La economía de las naciones.
El término ecología, mucho más moderno, nos habla también del oikos, del estudio de la casa del hombre, la naturaleza.
La conexión entre ambas disciplinas es evidente: ambas comparten la relación del hombre con la naturaleza como clave. En el caso de la economía, de la naturaleza el hombre extrae los recursos, base para su actividad al mismo tiempo que el propio entorno condiciona las necesidades de la población ahí situada (un factor que se diluye en la globalización actual). En la ecología se estudia la influencia del hombre en la transformación de la naturaleza, a la que somete para adaptarla a sus necesidades.
El problema, normalmente, es la falta de visión “panorámica” y de equilibrio.
El ser humano ha conseguido evolucionar desde la época prehistórica por su capacidad de adaptación y por su inteligencia aplicada a “domesticar” un entorno hostil y a crear herramientas que nos facilitan o mejoran la calidad de vida.
Sin embargo, en esta carrera hacia delante, parece que hemos perdido el rumbo. Hemos trasladado el centro: del hombre (hablamos del hombre no como ser individual aislado sino como el conjunto de miembros de una comunidad) al dinero.
El objetivo de la economía ya no es satisfacer las necesidades de las personas, sino generar riqueza. Así actualmente escuchamos con frecuencia que es necesario desregular los mercados, que no debería haber un salario mínimo, que los nuevos tiempos demandan más flexibidad laboral... es decir, que no importan los trabajadores, sino la cuenta de resultados. 


Lo mismo pasa en el campo ecológico. Ya no buscamos crear un entorno seguro y cómodo para la vida, sino que miramos los espacios naturales bajo el prisma del dinero. Aunque cada vez se habla más de sostenibilidad, se sigue favoreciendo el uso de combustibles fósiles, se patentan recursos naturales, se destruyen ecosistemas, se potencia la obsolescencia... todo para ganar más (hoy, porque mañana ¿habrá recursos?), no para que vivamos mejor. Es más, nuestra calidad de vida disminuye al vivir en entornos cada vez más degradados e insalubres.
Economía y ecología deben encontrarse de nuevo. Y sólo lo pueden hacer humanizándose. Es necesario volver a situar al hombre como centro y su bienestar como objetivo. De esa manera conseguiremos pensar y actuar globalmente, estableciendo una relación equilibrada con la naturaleza y desarrollando una verdadera ética del bien común.

Querer vivir mejor nos obliga a ser responsables de nuestras decisiones, de nuestros actos. No podemos sustentar nuestra calidad de vida sobre la miseria de otros ni podemos conservar nuestro entorno a costa del entorno del vecino. La ignorancia, la apatía o la comodidad no son justificaciones válidas para mantener un sistema ineficaz y autodestructivo.
Cada vez que encendía un cigarro sabía que era perjudicial para mi salud (y mi bolsillo) y la de los que estaban a mi alrededor, pero las consecuencias las veía lejanas y difusas; estar más cansada, tener menos capacidad pulmonar, estar pensando en salir a fumar en el trabajo, en el cine, en la casa de algunos amigos... era normal. Pensaba que no podría vivir sin fumar.
Pensamos que nuestra forma de vida es normal, que no podemos vivir de otra manera. Pero no es cierto. Nosotros podemos cambiar el mundo; pero hagámoslo ya, si no, esas “remotas” consecuencias nos pueden dejar sin futuro.