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sábado, 14 de febrero de 2015

La unión de la izquierda



Permíteme unas breves preguntas. ¿Te consideras de izquierdas o de derechas? ¿Conservador o progresista? ¿Crees que el cambio climático es real? ¿Te preocupa? ¿Más o menos que la crisis o el paro? ¿Eres republicano o monárquico? ¿Creyente o ateo?

Si no te gusta constreñirte o has matizado cada respuesta, te interesarán éste y los próximos artículos de este blog. Si, por el contrario, has contestado rápidamente, seguro de tus convicciones, te invito igualmente a seguir estos artículos cuyo modesto fin es cuestionar precisamente lo que damos por sentado.

Empecemos...


El tema, hoy recurrente, sobre todo entre los activistas de izquierdas, de la necesidad de la unión de todas las formaciones de izquierdas para poder discutir el poder a los dos, hasta ahora, partidos hegemónicos: PP y PSOE, a mí me suscita varias dudas.

¿Qué es la izquierda?

En primer lugar, es cierto que en política es habitual hablar de la izquierda y de la derecha, de si un partido es conservador o progresista; incluso de medios de comunicación, de jueces, de profesores, etc. de una u otra opción. Todos creemos saber lo que significan estos términos, pero en el devenir histórico han adquirido significados diferentes a los conceptos que originariamente representaban. Así que es muy probable, o por lo menos no extraño, que lo que usted entiende por izquierda no sea lo mismo que entiendo yo, y ambos difiramos de lo que identifica como izquierdas su vecino del cuarto.

Así, para algunos el prototipo de derechas corresponde a empresarios (especialmente los grandes), en muchas ocasiones ajenos a la realidad de los más desfavorecidos, defensores a ultranza del liberalismo económico y de los beneficios para sus empresas aún a costa de los trabajadores por ser creadores de empleo. Para otros puede que sea un individuo católico, conservador, monárquico o defensor de valores tradicionales. Aunque, claro, podríamos poner más ejemplos.

Con la izquierda pasa lo mismo. En el imaginario colectivo una persona de izquierdas puede que sea de clase media o baja, trabajador, anticapitalista, o que ponga “x” en vez de la “o” en las palabras en masculino (la @ ya está pasada de moda, ¿será casta?) y procure hablar siempre en femenino, puede que sea atea, republicana o que defienda la Renta Básica, para otros hablará de sostenibilidad, de renovables y de consumo ecológico, de cercanía y responsable.

Ahora bien, ¿la realidad es así de maniquea? ¿Con cuantas coincidencias te puedes situar en una opción u otra? Más aún cuando muchos toman su opción política por descarte. Será por eso que, en realidad, la mayor parte de la población se considera de centro.


El frente común de izquierdas: ¿es posible?

En España, para algunos, la unión de la izquierda es el gran anhelo para la transformación social y económica del país. Para ellos, el PSOE ha entrado en el juego de los mercados (tal alejados de la preocupación por el bien común que es la que debiera ser la verdadera bandera de la izquierda). Izquierda Unida (que nunca ha conseguido hacer gala de su nombre) también se ha visto salpicada por corruptelas y revolcones con el buen vivir dentro por ejemplo de las cajas de ahorros. Y ahora los Ganemos, renombrados en Ciudades en Común o Iniciativas varias quieren demostrar que son capaces de lograr esa confluencia (los enemigos de mi enemigo son mis amigos).

Pero, ¿realmente sólo les diferencian matices? ¿todos tienen los mismos principios y objetivos? ¿están dispuestos a aceptar cualquier decisión mayoritaria?

Estos movimientos se ven a si mismos como garantes de la honestidad, honradez, el sentido común y demás virtudes que debieran ser normales en cualquier persona que quiere dedicar una etapa de su vida al servicio público. ¿Acaso ser de izquierdas es sinónimo de estas bondades? ¿El firmar un acuerdo ético va a inhibir a los falaces?

Entonces, si no todo vale “a la izquierda del PSOE” (aquí deberíamos volver al primer punto, ¿qué es la izquierda?), ¿es posible la unión de toda la izquierda o se está creando una nueva y limitada izquierda unida?


¿Existe una demanda social?

Muchos militantes de izquierdas defienden encendidamente la confluencia como respuesta a una demanda social que pide que se pacte en base a los elementos comunes obviando los pequeños o grandes matices que diferencian a los llamados partidos de izquierdas para tener la posibilidad de romper el bipartidismo y entrar, o adquirir peso, en las instituciones.

Por ello hablan de poner las instituciones de nuevo al servicio de los ciudadanos. Y hacen hincapié en que son movimientos ciudadanos (¡claro, no van a ser movimientos animales!). Las masas movilizadas tienen ahora quien se haga eco de sus demandas y no sólo eso, sino que pueden entrar en ese opaco mundo de la política. Claro que no se lo ponen muy fácil ni Podemos ni la mayor parte de los movimientos de confluencia. El juego asambleario se inventó hace mucho y hay verdaderos expertos en su manejo.

Además, beben la participación ciudadana en sus confluencias de miembros de las asociaciones civiles; y, de entre éstos, la mayor parte de a los que dan cancha es a los que ya les eran afines. ¿Y el particular que quiere participar? Trabajar, por supuesto, pero... ¿cuántas de sus propuestas son secundadas? ¿acaso no hay una (o varias) más o menos subterránea corriente que va marcando el camino?

¿Es deseable?


Dejemos esa pregunta en el aire hasta el próximo artículo. Aunque os invito a que compartáis aquí vuestra opinión.


jueves, 31 de julio de 2014

La confluencia

Ya decía mi ilustre paisano, Jorge Manrique -casualmente vivo al lado del instituto que lleva su nombre-, que “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...” Y así en este trajín todos fluimos, o confluimos, hacia ese postrero destino. Pero hete aquí que en ese discurrir nos encontramos en un momento histórico (¿hay alguno que no lo sea?), en una época convulsa, de cambio, que precede a un futuro incierto (vale, sí, como todos los futuros).

El verano nos ha traído, como un canto de sirenas, la llamada a la confluencia de los denominados partidos de izquierdas. En aras del bien común, sus portavoces piden una izquierda fuerte, capaz de plantarle cara al PP... y al PSOE. Así Izquierda Unida confía en que su pretérito sueño de unidad por fin se materialice. Podemos se deja querer, pero sin anillo. Equo se arrima a los peces más grandes de este charquito a ver si le dejan aportar algo más que el color verde. Y algunos miembros de movimientos sociales como el 15M encauzan este frente común para ganar las alcaldías.

Aunque yo me pregunto, si es cierto que la ciudadanía demanda una izquierda unida (la confluencia bendita), ¿por qué no votaba a IU más que para darle una colleja al PSOE?, incondicionales aparte.

Lo cierto es que desde que Podemos irrumpió con fuerza en el panorama político en las europeas, su omnipresencia mediática, su lenguaje pegadizo y su misión de empoderar a la ciudadanía han insuflado nuevos aires a la política. Los partidos se han puesto las pilas renovando su imagen y su discurso (¿más tertuliano, quizás?). Los nuevos líderes son varones, jóvenes, bien parecidos y mejor formados (académicamente hablando): Pablo, Pedro y Alberto o Florent(Podemos, PSOE, IU y Equo, respectivamente) son lo que pega ahora. ¡Póngase las pilas, Mariano, que Borja (Sémper) encaja fenomenal en este patrón!

Sin embargo, ¿están en sintonía con los nuevos tiempos? Efectivamente, los ciudadanos estamos hartos, hastiados y muy quemados. Queremos políticos íntegros, que miren por el bien común y no sólo por el de sus sus parientes y amigos. Queremos buenos gestores. Personas honradas. Pero al ser humano, independientemente de sus siglas, el poder le da gustirrinín y cuando el ambiente es de jolgorio, quien más y quien menos, todos se sueltan. Y cuando la jarana se alarga, la ebriedad de poder deja un panorama deplorable. Denostar a los votantes del PP y del PSOE, incluso de IU, por lo que han hecho políticos de esos partidos con poder es vergonzoso, ¿puede alguien poner la mano en el fuego por todos aquellos a los que ha votado?

El objetivo de la política es organizar la vida de una comunidad. Sí, el primer requisito es tener unos buenos organizadores; pero, como decía en los artículos sobre la globalización, nuestra casa actualmente es todo el planeta. Las grandes alianzas políticas y sociales deben forjarse internacionalmente. Por mucho que cambiemos de dirigentes políticos en nuestras ciudades, regiones o países, son las grandes sinergias económicas y financieras las que marcan las reglas de juego. Han demostrado que son capaces de hundir un país, miremos el caso de Grecia.

Yo puedo ser un alcalde fantástico y junto con el resto de las formaciones políticas del ayuntamiento apostar por el empleo verde, la sostenibilidad y la equidad social, pero no puedo evitar que el pueblo de al lado permita el fracking, los cultivos transgénicos y que se coloque un gran centro comercial que haga la competencia a las tiendas de mi municipio. Y aunque me ponga de acuerdo con los municipios vecinos, incluso consigamos un acuerdo nacional; eso no impide que los magnates de la economía dejen al 25% de la población de mi ciudad en paro.

Por lo que no es sólo integrarse en un grupo común dentro de Europa, por ejemplo. Es realmente generar espacios políticos, sociales y sindicales globales. El objetivo no es la federación, sino la entidad supranacional, de la índole que sea. Una respuesta global a una realidad global.



Vivimos una esquizofrenia social donde hay unos señores que dicen hablar en nombre nuestro porque les hemos votado y otros que dicen saber lo que realmente queremos porque nos ven jurando en arameo. Entre tanto, la mayor parte de la gente que conozco realiza complejas cábalas para conjeturar cuál es el mal menor. Yo prefiero concretar los problemas para buscar soluciones.